El suelo debe ser profundo, esponjoso, ni muy compacto ni muy poroso, ni seco ni húmedo, con buena retención de agua pero con buen drenaje.

Parece una misión imposible, ¿verdad? Los verdaderos expertos saben que hay muchos aspectos que inciden en las capacidades del suelo para proporcionar buenas cosechas. Para que vayas conociendo un poco más tu huerto, sea en un cajón de cultivo o en el suelo, te hablaremos de los tres principales aspectos que hay que tener en cuenta: el aspecto químico, el físico y el biológico.

La química nos habla de los nutrientes del suelo con su conocida relación NPK que habrás visto en muchos envases de abonos y fertilizantes. Esta relación tiene en cuenta la cantidad de Nitrógeno, Fósforo y Potasio que hay en la tierra, y de cómo se equilibran según las necesidades de cada planta. También de las cantidades de zinc, hierro, cobre... El aspecto físico tiene en cuenta la estructura del suelo, es decir, el nivel ideal de esponjosidad que encontramos entre la compactación y la porosidad. Y el aspecto biológico está relacionado con la presencia de microorganismos beneficiosos para las plantas.

Algunos consejos para obtener un suelo ideal: Si cultivas tu huerto en el suelo debes labrarlo en profundidad (hasta unos 30-40 centímetros) antes de iniciar un ciclo de cultivos: voltearlo, airearlo y mullirlo. Elimina piedras grandes y raíces viejas, y desmenuza terrones. Si es un minihuerto en un contenedor, con entrecavar el sustrato para romper la costra superficial y revolverlo será suficiente.

También será muy beneficioso para tu huerto realizar aportaciones periódicas de abono orgánico mezclándolo bien con la tierra. Aumentar la cantidad de materia orgánica mejora la estructura del sustrato, es decir, gana capacidad de retención de agua, nutrientes y calor. Eso contribuye a aglutinar los suelos arenosos, y a airear los suelos arcillosos o apelmazados. Además, revitaliza el suelo favoreciendo la actividad microbiana. Las aplicaciones se suelen efectuar de dos formas distintas: como abonado de fondo antes de la plantación para recuperar los nutrientes extraídos por el cultivo anterior, o como abonado de cobertera para aportar nutrientes específicos durante el cultivo que favorecen la floración o el cuajado y engorde de los frutos.